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viernes, 28 de febrero de 2020

La guerra de Biafra y la amnesia de Nigeria

Las nuevas generaciones ignoran lo que fue esa guerra atroz de la que se cumple medio siglo y de la que nada se ha aprendido

Civiles huyendo de sus casas durante la guerra de Biafra, Nigeria.

Diekoye Oyeyinka, de 33 años, es uno de los autores nigerianos más prometedores de su generación. Frecuentó las mejores escuelas y, sin embargo, como la inmensa mayoría de sus compañeros de clase, nunca había escuchado hablar de Biafra antes de los 14 años.

Y no fue en los pupitres de la escuela, donde se enseñaba historia, sino en la residencia estudiantil donde dormían. Porque allí lo supo: "Un alumno distribuyó panfletos a favor de la independencia de Biafra. ¡No sabíamos qué era! ". El adolescente desconocía que semejantes llamamientos a la secesión circulaban tras la independencia del país a partir de 1960. Y que luego, que entre 1967 y 1970, el sudeste de Nigeria fue escenario de uno de los conflictos más sangrientos del siglo XX.

Ignoraba que los generales de la etnia igbo de una provincia rebelde, la República de Biafra, habían proclamado su independencia el 30 de mayo de 1967, y se había desencadenado luego una guerra civil de una atrocidad poco habitual y una terrible hambruna que dejó más de un millón de muertos, o quizás incluso dos millones, ya que nunca hubo un recuento definitivo.

El país de cerca de 200 millones de habitantes hoy día acaba de celebrar los 50 años del final de dicha contienda, sin una sola conmemoración del Estado, sin un recuerdo, ni una ceremonia oficial. "La historia de nuestro país ha sido muy brutal, la vieja generación sufrió traumas importantes", explica Diekoye Oyeyinka. "Los barrimos debajo de la alfombra, como si no hubiesen existido. Pero sin conocer el pasado, vamos a repetir los mismos errores".

Es para evitar que la "historia política se repita de manera indefinida" que el novelista decidió escribir El dolor del gigante, un fresco histórico fascinante de la primera potencia de África desde 1950 hasta 2010, y en el que la citada guerra civil es "el acontecimiento más importante". A diferencia de Chimamanda Ngozi Adichie con La otra mitad del sol o Chinua Achebe con su texto Había un país, Diekoye Oyeyinka es uno de los pocos autores nigerianos, no pertenecientes a la etnia igbo, en haber escrito sobre la guerra de Biafra.

Imagen de noviembre de 1967. Prisioneros y civiles en el campo federal de Nakurdi, instalado en un teatro al aire libre em la ciudad de Enugu.

"Un día, un amigo igbo se enojó conmigo y me dijo: 'No puedes escribir nuestra historia, ¡es nuestro conflicto!", afirma el novelista. "Si no curamos estos traumas, Nigeria es una olla a presión lista para explotar", le dijo él. Porque si en el resto del país nadie recuerda la guerra, en Enugu, excapital de la república de Biafra, nadie ha olvidado estas fechas: 13, 14 y 15 de enero de 1970.

Los días correspondientes a la rendición, capitulación y al famoso discurso del general Gowon, por entonces en el poder, hablando de que no había "ni vencedores ni vencidos". Tampoco han olvidado el exilio forzado de 13 años de su líder, el coronel Chukwuemeka Odumegwu Ojukwu, y su encarcelamiento luego por diez meses.

Cincuenta años más tarde, las banderas de Biafra siguen ondeando aquí y allá en los edificios a lo largo de las carreteras, antes de ser destruidas por las fuerzas de seguridad, que continúan desplegadas en el territorio. Los igbo, tercera comunidad de Nigeria con los yoruba y los hausa, se sienten aún "bajo ocupación", marginados, a veces tratados de manera injusta por el gobierno de Muhammadu Buhari, exgeneral del norte del país, que había por otra parte acabado con las esperanzas del único aspirante igbo a la presidencia a través de un golpe de Estado en 1983.

"Si Alex Ekwueme -vicepresidente durante ese golpe- hubiese accedido al poder, el fantasma de Biafra habría sido enterrado hace mucho tiempo", señala el profesor Pat Utomi, su exconsejero y actualmente personalidad emérita de Nigeria. "A principios de los años 1980, los propios igbo habían casi olvidado la guerra. Pero ahora la nueva generación es mucho más amarga".

El reciente cierre del aeropuerto de Enugu y el saqueo de tiendas pertenecientes a los igbos por parte de las aduanas a principios de diciembre en Lagos atizan ese sentimiento de exclusión y las veleidades independentistas, sostenidas esta vez por la nueva generación, que no ha conocido la guerra civil.

Los movimientos separatistas igbo vuelven a surgir desde hace unos años, el más importante de ellos el Movimiento Independentista para los Pueblos Indígenas de Biafra (Ipob), que lleva adelante intensas campañas de propaganda en las redes sociales. "No hablar de ello, no escribirlo, es dejar lugar a una historia inventada y a la desinformación", continúa Pat Utomi, en una entrevista con la AFP. "Nigeria está hoy en día más dividida que antes de la guerra civil.

No hemos aprendido nada". El profesor participó en la organización de una gran conferencia en Lagos, titulada Never Again (Nunca más), para reunir a todas las grandes figuras tradicionales comunitarias, así como al expresidente Olusegun Obasanjo, en señal de "llamado al diálogo" y la "reconciliación".

Utomi apadrina además el Centro de las Memorias en Enugu, un museo biblioteca donde los visitantes pueden "hurgar en la historia". El Gobierno actual reintrodujo la Historia como materia obligatoria (solo para los alumnos de 10 a 13 años) en los programas escolares, tras años de olvido. "Es esencial para nosotros reconstruir nuestra identidad y nuestros valores patrióticos", reconoce Sonny Echono, secretario general del Ministerio de Educación. Pero los colegios no tienen profesores cualificados y la guerra civil, que nunca tuvo una versión oficial aprobada, sigue sin formar parte del programa.

"Debemos enseñarla a nuestros niños", asegura Egodi Uchendu, profesor de Historia en la Universidad de Nsukka, ciudad donde comenzaron los combates en 1967. "Los nigerianos del sudeste no vivieron la guerra de la misma manera que se vivió en las otras regiones del país. Hay que escuchar todas las versiones".

Chika Oduah, periodista estadounidense-nigeriana, recorrió el país para recoger varios cientos de testimonios en bruto de las víctimas, testigos o soldados, que publica luego en un portal de archivos, Biafran War Memories. Para muchos de sus interlocutores, era la primera vez que contaban la muerte de sus familiares, cómo tuvieron que beber su propia orina o vivir ocultos en la selva durante años. "Un viejo soldado del norte rompió en llanto al recordar la muerte de su hermano", recuerda la periodista.

La propia Oduah descubrió a los 17 años, cuando vivía en Estados Unidos, que su madre había pasado dos años en un campo de refugiados durante su infancia. Nunca se lo había dicho. "Todo el mundo quería avanzar, pensar en el futuro, no en el pasado", analiza la periodista. "Pero es necesario hablar, si no nunca sanaremos".


Fuente del texto: elpais.com 

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jueves, 27 de febrero de 2020

La primera africana negra en el Everest y en el Polo Sur


En la lista de casi 5.000 personas que han logrado coronar el monte Everest en la historia, solo hay una mujer africana negra. Su nombre es Saray Khumalo y su hazaña de 2019 ha convertido su vida en una ruta de desafíos solidarios que le acaba de dar también el título de pionera africana en el Polo Sur.

"Todos tenemos estos sueños que están como en la estantería y que decimos 'aahh, no me deberían ver haciendo esto'... ¿Sabes qué? Igual eso es lo que la persona de al lado está esperando para poder avanzar. Para mí, es muy importante que nuestra generación allane el camino a la siguiente", explica Khumalo, recién llegada de la Antártida, en una entrevista en Johannesburgo.

Khumalo tiene aún vendado el pulgar que se le congeló unas semanas atrás en su viaje al Polo Sur y que obligó a cancelar su primer intento de escalar el macizo Vinson (4.892 metros), dentro de su carrera por conquistar las cumbres más altas de todos los continentes y de llegar a los dos polos geográficos, en un desafío conocido como el Grand Slam de los Exploradores.

Aunque no llegó al Vinson, su primer intento en la Antártida tampoco fue un fracaso. El viaje la convirtió en la primera mujer negra africana en pisar el punto más austral de la Tierra, al igual que ya había hecho el 16 de mayo de 2019 con el punto más alto del planeta, el monte Everest (8.848 metros).

En su currículum, esta aventurera tiene ya cuatro de las siete ascensiones que necesita para completar el Grand Slam de los Exploradores, más la llegada al Polo Sur, y en abril pondrá rumbo al norte para enfrentarse por primera vez al Ártico.

"Para mí, (la vida) va de no poner excusas y no disculparse por lo que a uno le gusta, lo que quiere hacer, lo que le interesa...E ir a por ello y no dejar que el mundo dicte quién debes ser", confiesa.

Una "hija de África"

Khumalo, de 48 años, se considera a sí misma una auténtica "hija de África". Reside en Sudáfrica , pero nació en Zambia, sus abuelos son ruandeses y en su etapa de estudiante pasó también tiempo en Zimbabue y en la República Democrática del Congo. Eso significa que, cuando logra una meta, clava a la vez muchas banderas en nombre de las mujeres del continente.

"La anterior generación nos dio la libertad que experimentamos hoy, somos un 50 % de mujeres en el Parlamento (sudafricano)… ¿Qué va a hacer mi generación por la siguiente? Les estamos enseñando que el mundo está lleno de oportunidades por atrapar, no de obstáculos que superar", explica Khumalo, quien además de montañista se presenta siempre como empresaria y madre de dos hijos.

Para mí, (la vida) va de no poner excusas y no disculparse por lo que a uno le gusta, lo que quiere hacer, lo que le interesa... E ir a por ello y no dejar que el mundo dicte quién debes ser

De hecho, la aventura de Saray Khumalo con este deporte extremo empezó casi por casualidad cuando tenía 40 años. A pesar de que cuando era más joven nadie de su familia o de su entorno había tenido nunca relación con el alpinismo, Khumalo puso en su "lista" de sueños a cumplir en la vida el subir al Kilimanjaro (5.895 metros), la cumbre más alta de África.

"Alguien habló de escalar el Kilimanjaro y yo no lo había hecho. Pensé 'como mujer africana tengo que hacer eso, tengo que pisar la cima de África'. Y lo hice", recuerda. Fue entonces cuando se le ocurrió que no iba a parar ahí, sino que se iba a embarcar en el reto de coronar las montañas más altas de todos los continentes. Lo iba a hacer, además, recaudando fondos para proyectos de educación -la herramienta que ella considera más importante para alcanzar cimas, ya sea literales o metafóricas- bajo la campaña Summits with a Purpose (Cimas con propósito en inglés).

Coronar montañas para dar a otros educación

Las donaciones y los apoyos de patrocinadores se multiplicaron a mediados de mayo pasado, a partir del día en que Sudáfrica amaneció llena de titulares con su nombre, acreditada como la primera africana negra en coronar el Everest. Esa "fama", inesperada para ella porque hasta entonces había sido solo una ciudadana anónima más, Khumalo se la ha tomado como una "responsabilidad" enfocada a hacer del mundo un "lugar mejor".

 Quiere que las próximas personas que intenten algo que no se había hecho nunca no tengan que escuchar los "no deberías estar haciendo esto" que ella tuvo que soportar —tanto de gente blanca como de su misma raza— durante los cinco años que estuvo tratando de conquistar el Everest.

Los fondos que recauda con su campaña y, ahora también, con la ayuda de un programa de salud y seguros sudafricano para el que también ejerce de ejecutiva, van destinados a costear los estudios en el área de negocios de estudiantes que, aun teniendo la nota y las cualidades, no se pueden pagar una carrera o un posgrado.

La idea es que, después, esos mismos estudiantes devuelvan lo prestado desde su mejorada posición social y ayuden a la siguiente generación de alumnos. Además, Khumalo sostiene que con su proyecto ayuda a crear "modelos a seguir", necesarios en todas las disciplinas, incluidas aquellas que históricamente no han estado dominadas por las mujeres africanas, como es el caso del montañismo.

"Supongo -concluye- que ha habido cosas más importantes en el pasado que escalar montañas, como conseguir nuestra liberación, como poner comida en las mesas...Pero creo que a medida que el mundo se convierte en nuestra aldea global, nuestros intereses se vuelven mucho más parecidos sin importar dónde estemos".

Fuente del texto: elpais.com 

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