Mostrando entradas con la etiqueta Mujeres en la historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mujeres en la historia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de febrero de 2020

Mary Somerville, la genio autodidacta que fue declarada "la reina de la ciencia" y luego cayó en el olvido

Este grabado "Mary Fairfax Somerville en la pradera" ilustra lo que era gran parte de la vida de quien más tarde se convertiría en una genio autodidacta reconocida por la comunidad científica


¿Te imaginas que alguien pudiera escribir hoy en día un libro que abarcara toda la ciencia conocida? ¿Y que lo hiciera de manera que le permitiera a cualquier persona con matemáticas de nivel escolar comprender las partes más complicadas de la física de partículas, la química y la astronomía? 

¡Cuántos descubrimientos se podrían hacer si alguien pudiera unificar tantos campos de conocimiento, permitiendo que los expertos se entendieran entre sí!

Eso fue lo que hizo Mary Somerville, una genio autodidacta cuyos exitosos libros en los que tradujo, explicó y reunió diferentes campos científicos llevaron a que la nombraran la "reina de la ciencia" en el siglo XIX.

Lo logró a pesar de que durante gran parte de su vida su destino como una heroína científica fue poco probable.

Mary nació en 1780 y creció deambulando por la campiña escocesa cerca de su casa en Fifeshire, recolectando conchas y observando aves. Su educación se limitaba a instrucciones en el hogar para que dominara las típicas actividades femeninas de la época: pintura, música y francés. Solo aprendió a leer cuando tenía 10 años, pero desde ese momento comenzó a devorar vorazmente libros y revistas, cualquier cosa que pudiera tener en sus manos, incluido Shakespeare.

Sus padres no apoyaban sus intereses: su padre era un oficial naval que pasó largos años en el mar, y a su madre aparentemente solo le interesaba leer textos religiosos.

 X y Y

Cuando tenía 13 años, visitó una de las aburridas fiestas de té de su madre. Allí, una joven amiga le mostró "una revista mensual con imágenes de colores de vestidos de damas, charadas y rompecabezas".

Las revistas sí eran material de lectura apropiado para las damas.

"Al final de una página leí lo que me pareció una simple pregunta aritmética; pero al pasar la página me sorprendió ver frases de aspecto extraño mezcladas con letras, principalmente X y Y, y pregunté; "¿Qué es eso?" "Oh", dijo la señorita Ogilvie, "es una especie de aritmética: lo llaman álgebra".

Tras fastidiar a todos sus "conocidos o parientes" para que le explicaran qué era álgebra, finalmente alguien le dijo que se podía aprender con un libro llamado "Euclides".

Tuvo que suplicarle al tutor de su hermano que le comprara el libro, pues no era correcto que una mujer leyera ese tipo de cosas.

Sin dejar de hacer "lo que le correspondía", es decir, tocar el piano, pintar y hacer y arreglar ropa, cuando se iba a la cama, Mary se dedicaba a aprender de Euclides, algo que sus padres no veían con buenos ojos.

Su padre le comentó a su madre:

"Peg, debemos ponerle fin a esto, o tendremos a Mary en una camisa de fuerza uno de estos días. Recuerda que X, se volvió loca por estudiar la longitud".

Decidieron quitarle la vela para evitar que leyera de noche, pero ella se quedaba en la oscuridad revisando los primeros 6 libros de Euclides en su mente hasta que se los aprendió de memoria.

El primo inadecuado

El matrimonio de Mary con Samuel Grieg, un primo lejano, fue arreglado por sus padres.

Para su vida intelectual, fue una unión desastrosa.

Más tarde escribió que Grieg "tenía una opinión muy baja sobre la capacidad de mi sexo, y no tenía conocimiento ni interés en la ciencia de ningún tipo. Tomé lecciones en francés y aprendí a hablarlo".

Una genio improbable.

La pareja se fue a vivir a Londres, tuvo dos hijos, y Grieg murió en 1808 cuando Mary tenía 28 años.

Después de su muerte, Mary volvió a Escocia, y, a pesar de que estaba amamantando a su bebé y cuidando a su otro hijo, "tenía mucho tiempo", escribió, así que reanudó sus estudios; "Estudié trigonometría plana y esférica, secciones cónicas y astronomía de (James) Fergusson".

El primo indicado

En Edimburgo, Mary empezó finalmente a encontrar gente afín.

Se ganó una medalla de plata por resolver un problema publicado en un diario matemático, que había sido planteada por William Wallace, quien se convertiría en el primer profesor de matemáticas de la Universidad de Edimburgo, y era uno de los matemáticos destacados con los que ella mantenía correspondencia.

Además, conoció gente con nuevas teorías sobre el mundo natural, extendió sus estudios a astronomía, química, geografía, microscopía, electricidad y magnetismo y usó la herencia que recibió de Grieg para comprar una biblioteca de libros científicos.

Para cuando conoció a su segundo esposo, William Somerville, era obvio que ella era una persona excepcional.

Somerville también era su primo y médico, pero al contrario de Grieg, tenía una mente inquisitiva y estaba encantado de haber encontrado una esposa inteligente.

Somerville y sus padres alentaron la investigación científica de Mary.

Los Somerville frecuentaban la Royal Institution, que había sido fundada en 1799 para "difundir el conocimiento y facilitar el acceso general a invenciones y desarrollos mecánicos y útiles; para enseñar, a través de cursos compuestos de conferencias filosóficas y experimentos, la aplicación de la ciencia en la vida común". 

Vivieron primero en Edimburgo y luego en Londres, y estaban bien conectados con la emocionante escena intelectual de la época: eran amigos del pionero de la informática Charles Babbage, el astrónomo John Herschel, el polímata Thomas Young, quien trabajó en todo, desde la teoría de las ondas de luz hasta los jeroglíficos.

Por fin Mary estaba en su elemento.

Su renacimiento

Tuvo otros cuatro hijos y, mientras los criaba, comenzó a realizar sus propios experimentos sobre luz y magnetismo y a publicar sus propios artículos científicos.

Los Somervilles vivían en el centro de todo tipo de entretenimiento científico, y asistían a las conferencias de la Royal Institution, donde científicos como Michael Faraday, Alexander Von Humbolt y Humphry Davy hablaban con Mary como un igual. Fue nombrada miembro honorario de la Royal Astronomical Society.

Y fue en este punto que a Henry Brougham, un político reformista que había fundado una "Sociedad para Difundir el Conocimiento Útil", se le ocurrió que había un trabajo para el que ella sería la candidata ideal. 

Se habían conocido en Edimburgo y Brougham no la olvidó. 

Con su francés fluido y su profundo conocimiento de las matemáticas, le encargó que tradujera el libro que había sido aclamado como el mayor logro intelectual desde "Philosophiæ naturalis principia mathematica" de Isaac Newton: "Mecanique Celeste" o "Mecánica celestial" del matemático y astrónomo Pierre-Simon Laplace.

Laplace no se molestaba en explicar detalladamente sus descubrimientos así que "Mecánica celeste", que abarcaba 5 tomos -4 de ellos publicados entre 1799 a 1805, y el 5º en 1825-, no solo era monumental sino complicada.

Mary tenía 51 años y su gran carrera como la escritora científica más vendida estaba por comenzar.

Más que traducir, desenredar

Mary aceptó la propuesta de Brougham bajo la condición de que el manuscrito fuera quemado si resultaba ser un desastre.

"Por supuesto que no lo fue", le dice a la BBC Kathryn Neeley, catedrática de Ciencia, Tecnología y Sociedad de la Universidad de Virginia y autora de "Mary Somerville y el mundo de la ciencia".

"Ella era una de las pocas personas con los conocimientos suficientes como para explicar no solo lo que Laplace había logrado sino también la serie de desarrollos científicos que lo habían posibilitado".

La labor requerida no era realmente una traducción, sino de una interpretación que hiciera comprensible lo que no lo era: una vez se convencía de la verdad de un resultado, Laplace tendía a no molestarse en explicar en detalle el asunto.

"Otro traductor de Laplace había dicho que cuando veía en el texto la frase 'es claro' sabía que le esperaban horas de trabajo para poder entender lo que se venía.

"Además, era imposible comprender el libro sin saber lo que precedió su obra, así que Mary empieza con una disertación magistral -así fue descrita en la época- que sintetiza todo lo que pasó antes en la astronomía física hasta ese punto".

El análisis que Mary Somerville hizo sobre las perturbaciones de la órbita de Urano en su siguiente libro "La conexión de las ciencias físicas" fue el origen de la investigación del astrónomo John Couch Adams que llevó al descubrimiento de Neptuno en 1846 por Johann Galle y Urbain Le Verrier.

"La visión del mundo que emergía de la astronomía física era deslumbrante".

"El alcance (de lo presentado en el libro) lo conectaba al sublime científico, esa idea de que a través de la ciencia encontramos lo asombroso y hermoso en la naturaleza".

Pero todo eso se habría quedado atrapado en las páginas a menos de que quien tradujera la obra no solo entendiera las palabras sino también los conceptos y pudiera comunicarlos.

Para Lord Brougham, una de las pocas personas con esas capacidades era Mary, y no se equivocó.

Dibujando mundos desconocidos

Uno de los talentos de Mary, resalta Neeley, era la pintura.

Eso le permitía dibujar con sus palabras mundos que los lectores no habían visto, desde esa primera obra, que tenía lugar en el espacio sideral, hasta la última, "De la ciencia molecular y microscópica" (1869), que recogía los más recientes descubrimientos revelados por el microscopio.

Desde su primera publicación, Mary se volvió famosa, primero entre los expertos y, con sus siguientes libros -ya de su autoría- cada vez más con lectores aficionados a la ciencia.

Su mayor éxito de ventas fue "Geografía física", publicado en 1848, en el que, según dijo, siguió "el noble ejemplo del barón Humboldt, el patriarca de la geografía física", y adoptó una visión amplia de la geografía que incluía la Tierra, sus animales, "habitantes vegetales", así como "La condición actual y pasada del hombre, el origen, las conductas y los idiomas de las naciones existentes, y los monumentos de las que ya no existen".

Las ilustraciones de "Geografía física", por decisión de Somerville, no eran necesarias pues para ella eran suficientes los mapas realizados de acuerdo a las estadísticas de Humbold, a quien ella admiraba, un sentimiento que se volvió mutuo tras la publicación del libro.

El libro la hizo merecedora de la Medalla de Oro Victoria de la Royal Geographical Society y de la admiración de Humboldt quien le escribió aplaudiendo su originalidad. 

Nadie habría pronosticado que Mary Somerville llegaría tan lejos dadas las condiciones en las que creció.

Afortunadamente, señala Neeley, no solo era un genio sino que vivió en un momento en el que se estaba empezando a reconocer la ciencia "como un foro de conocimiento distintivo, como una fuente cultural común, en lo que valía la pena especializarse".

"Las ciencias no eran disciplinas que se enseñaban en las universidades en la época en la que ella escribió 'La conexión de las ciencias físicas' (1834) y, como a menudo ha sido el caso, en las áreas que están emergiendo hay espacio para las mujeres.

"Si hubiera tratado de participar activamente unos años más tarde, le hubiera resultado muy difícil, pues una vez solidificada, la ciencia dejó de estar abierta para su género".

La reina

Mary y William Somerville se mudaron a Italia cuando este se retiró de su labor como médico en el Hospital Chelsea en 1840.

20 años más tarde William murió.

Mary brindó su apoyo a causas liberales como la campaña de votos para las mujeres y la educación de buena calidad para las niñas. Y continuó escribiendo. Con la ayuda de sus hijas compiló su autobiografía que les pidió que publicaran póstumamente.

Años después, en 1911, en el desfile de "Mujeres famosas" estas sufragistas, vestidas como mujeres notables del pasado, se unieron a la marcha y la concentración en el Royal Albert Hall para reclamar el voto. Entre esas mujeres notables incluyeron a Mary Somerville, defensora de la educación superior para las mujeres y el sufragio femenino.

Vivió hasta 1872.

En sus últimos días escribió: "Tengo 92 años, mi memoria para los acontecimientos ordinarios es débil, pero no para las matemáticas o las experiencias científicas. Todavía soy capaz de leer libros de álgebra superior durante cuatro o cinco horas por la mañana, e incluso de resolver problemas".

En su obituario, el diario The Morning Post declaró: "Cualquiera que sea la dificultad que podamos experimentar a mediados del siglo XIX para elegir un rey de la ciencia, no hay duda alguna sobre quién es la reina de la ciencia".

En 1879, el Somerville College de la Universidad de Oxford fue nombrado en su honor.

Pero, con el tiempo, su contribución a la ciencia fue casi olvidada. La fama tiende a otorgarse a las personas que hacen descubrimientos, no a las que pueden comunicarle brillantemente esos logros al público.

Fuente del texto: BBC.com 

¡Gracias por leerme!

Émilie du Châtelet, tesón y ciencia ilustrada


El 10 de septiembre de 1749 fallecía la científica francesa Gabrielle-Émilie Le Tonnelier de Breteuil, más conocida como Émilie du Châtelet al adoptar el apellido de su marido, el marqués du Chastellet, apellido que posteriormente fue tuneado hasta el archiconocido Châtelet.

Recibe las lecciones académicas de los mejores profesores particulares proporcionados por su padre. Desde su infancia se alimenta de los autores clásicos tanto en su lengua materna como en italiano, griego, alemán e inglés. Su padre, funcionario de la corte de Luis XIV en Versalles y posteriormente en París, le insta también a aprender latín y a leer la poesía de Horacio, Virgilio (del que comienza una traducción de la Eneida), Lucrecio y la filosofía de Cicerón. Aparte de ser una gran lectora, con una vasta cultura, dominadora de varias lenguas, desde una edad muy temprana muestra su interés por la traducción, la filosofía y las matemáticas.

Émilie conoce a Voltaire mientras estaba casada y este queda prendado de ella, reconociendo que era la única mujer en toda Francia con la que podía mantener una conversación sobre filosofía y ciencia. Ambos coincidían en que para entender el mundo había que conocer los trabajos de un desconocido británico llamado Isaac Newton.

Sin embargo, en una época donde las mujeres no podían explicar sus ideas y discutir de ciencia en los foros adecuados, ya que tenían vetada la entrada, ya fuese la Academia de las Ciencias de París o en el famoso Café Gradot, donde se reunían los matemáticos, astrónomos y físicos más relevantes a discutir sobre ciencia, un ejercicio intelectual reservado a los hombres.

De hecho, una tarde Émilie se disfrazó de hombre para entrar al Café Gradot simplemente para poner de manifiesto la absurdez de la norma, lo que resultó muy divertido para el célebre matemático Maupertuis, con quién no dudó en discutir sobre matemáticas, así como con Clairaut, dos de sus maestros. También usó sus habilidades matemáticas para diseñar estrategias de éxito para los juegos de azar.

Vivió una temporada con Voltaire en su casa de campo de Cirey-sur-Blaise, al noreste de Francia, donde entre ambos desarrollaron y publicaron varios estudios en física y matemáticas, compartiendo su pasión por la ciencia.


En su empeño porque el trabajo científico de una mujer fuese reconocido se presentó sal gran premio de 1737 que la Academia de las Ciencias de París había convocado sobre la naturaleza del fuego. Aunque no resultó ganadora, tampoco Voltaire sino que el afortunado campeón fue Euler, su trabajo recibió una mención de honor y fue publicado por la Academia, junto al de Voltaire y el de los ganadores, en 1744, convirtiéndose en la primera mujer en publicar un artículo de la Academia.

A mediados de la década de los 40 del siglo XVIII Émilie du Châtelet es elegida para traducir al francés la obra de Isaac Newton (traducción supervisada por el propio Newton) Philosophiæ naturalis principia mathematica (sobre la tercera edición que había sido publicada en 1726). Aunque una parte de la obra salió a la luz en 1756, no fue hasta 1759 que apareció la obra completa, una vez fallecida madame du Châtelet. Y durante muchos años fue la única traducción de los Principia al francés, con lo que supuso para los intelectuales y académicos franceses de la época.

Además, no solo se limita a traducirlo sino que, en un alarde de osadía, añade comentarios al texto de Newton, en particular al campo del álgebra y la mecánica, donde basándose en las ideas de Clairaut hasta el mismo Voltaire reconoce que el trabajo de madame du Châtelet es mucho más que una simple traducción.

En 1741 Émilie du Châtelet publicó un libro donde responde al mismísimo secretario de la Academia de las Ciencias, Dortous de Mairan, acerca de una serie de cuestiones matemáticas. Pero no solo eso, sino que se atrevió a escribir un análisis crítico de la Biblia.

En la traducción que hizo de La fábula de las abejas de Bernard Mandeville no solo se limitó a traducir sino que añadió sus propios comentarios, y aprovechó para criticar la filosofía de John Locke. Escribió un prefacio en el que dejó claro el prejuicio al que las mujeres se veían sometidas las mujeres en la ciencia, dando pie al lector a reflexionar por qué a la largo de la Historia las grandes obras pictóricas, literarias, poéticas o científicas nunca habían sido escritas por mujeres.

Émilie du Châtelet nos dejó un legado científico fundamental para comprender el trabajo de Newton, no solo con lo que supuso la traducción al francés, sino por sus afortunadas anotaciones y su propio concepto sobre la conservación de la energía. Además, fue una gran valedora de la educación de las mujeres y de la igualdad de oportunidades

catalogo/principia-magazine-portada

Fuente del texto: principia 

¡Gracias por leerme!

 Página de inicio

martes, 11 de febrero de 2020

Nathalie Sarraute

El siglo de la mujer


¿Conocemos a Nathalie Sarraute? Rara vez citado como referencia por los lectores jóvenes, ¿sigue siendo bien leído hoy en día? ¿No sufre ser alistada bajo una pancarta que no hace justicia a la variedad sensible de su trabajo? La biografía de Ann Jefferson nos lo revela en toda su vida: su lento viaje por la escritura, su vida en los idiomas, el vigor de sus compromisos. A través de una investigación en profundidad y archivos emocionantes, la acerca y nos recuerda el ardiente poder de los libros de esta mujer del siglo. 


No es de extrañar que fuera una inglesa, Ann Jefferson, una profesora de larga data en la Universidad de Oxford, quien escribió la primera biografía sustancial de Nathalie Sarraute, cuyos lazos con Inglaterra fueron continuos desde la década de 1920 hasta su muerte, en 1999. Durante mucho tiempo más celebrado en el extranjero que en Francia, a pesar de que la década de 1970-1990 la dedicó en gran medida a su país, Nathalie Sarraute probablemente es mejor recibida fuera.

Tratemos de averiguar por qué. Nació en la Rusia zarista en 1900, en Ivanovo, donde vivió hasta la edad de dos años, cuando sus padres, judíos laicos, se separaron y hizo con su madre un largo viaje por Europa que los llevó a Ginebra, luego a París donde se establecieron y donde vivió varios años entre Francia y Rusia, entre su padre y su padre. Childhood, la historia de 1982 equilibra las versiones rusa y francesa de su infancia, el equilibrio entre idiomas.

En 1905 la situación se revirtió: la madre regresó a Rusia (a San Petersburgo) y el padre, un objetivo potencial del antisemitismo y con un hermano involucrado en la revolución, decidió mudarse a París. Desde 1909, Nathalie Sarraute se estableció en París con su padre, y apenas vio a su madre hasta que era adulta. Desde esta infancia entre países, padres e idiomas, sin duda ha llegado a compartir esta ansiedad perpetua que marcó su vida y de la que trató de dar testimonio por escrito.


Sus comienzos entre países e idiomas la llevaron por primera vez a otros idiomas: inglés, que comenzó con su media hermana Lily notosa y continuó pasando dos años en Inglaterra entre 1919 y 1921, incluyendo uno en Oxford; Alemana, que había aprendido de niña en Suiza y que continuó aprendiendo en Berlín en 1921-1922.

Ella siempre ha considerado el francés como su lengua materna y es naturalmente en este idioma que escribe; pero el bilingüe original, así como la inmersión en inglés y alemán, no sólo fueron el desvío que le permitió empezar a escribir, sino que la hará sensible a la cuestión de los idiomas a lo largo de su vida, como lo demuestra la atención que ha prestado a traducciones de sus obras - para las que tuvo por primera vez el excelente Elmar Tophoven (también traductor de Beckett) para alemán y Maria Jolas para inglés - y la presencia literal y regular de lenguas extranjeras en el texto de sus novelas.

La biografía de Ann Jefferson captura la importancia de estos movimientos y hace contribuciones sustanciales en al menos tres áreas. La primera es hacer de Sarraute un mundo escritor: esto aparece no sólo en su relación temprana con las lenguas extranjeras, sino en su movilidad y su gusto por un cambio de escenario. Aunque a veces viaja por razones turísticas, especialmente cuando se va de vacaciones a Grecia, las zonas baleares o España, está especialmente impulsada por su deseo de descubrir otras formas de vida, como lo demuestran sus estancias en Cuba, Israel o Marruecos.

Ella regresa cada vez con un discurso sobre los regímenes políticos y sobre todas las alternativas ofrecidas a la existencia (particularmente fascina naciente la Cuba de Castro y el Kibbutzim de Israel, de la que pinta un cuadro ideal, el de la igualdad de condiciones y acceso a la cultura que considere excepcionales). A partir de la década de 1960, fue invitada en todo el mundo para conferencias y lecturas sobre su trabajo, que interpretó con la mejor gracia del mundo, como lo muestran sus cartas a Raymond Sarraute publicadas el año pasado por Gallimard.

Este sabor de otros lugares, equilibrado por una verdadera consistencia familiar y un ambiente tranquilizador entre el apartamento de París y la casa de Chérence, en el Val-d'Oise, comprado en 1949, acompaña un compromiso político que Ann Jefferson da por primera vez la medida completa. Oculto en parte por Sarraute, que no quería que su obra fuera interpretada por datos fuera de él, es sin embargo muy importante, desde las luchas feministas de los años 1920-1930 hasta la Resistencia al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, hasta el apoyo activo a través de la Unión de Escritores a la revolución de 1968, pasando por la firma del Manifiesto de 121 por el derecho a Argelia inmissive.

Lo que traen los archivos y la correspondencia de la biografía se debe también a la relación discreta pero profunda entre Nathalie Sarraute y Rusia y la URSS. Ann Jefferson relee los recuerdos de la infancia a la luz de la información que encontró en su trabajo, y los primeros capítulos escriben datos valiosos para reflexionar sobre las formas de reconfiguración conmemorativa por obra literaria.

El viaje a la Unión Soviética en 1936 y el viaje de 1956, facilitado por el clima de descongelación que siguió a la muerte de Stalin, precedió al viaje de 1961 donde asistió a la Unión de Escritores Soviéticos y se hizo amiga de Ilya Ehrenbourg y Victor Nekrasov. En ese momento, tenía un juicio bastante favorable de la URSS, pero más tarde se deterioró cuando surgió una política cultural represiva y un resurgimiento del antisemitismo. Fue allí una última vez en 1990, cuando regresó a su lugar de nacimiento de Ivanovo. Es recibida como la escritora más famosa de la ciudad.

El período de guerra y escondite adquiere una dimensión particularmente crucial en el corazón de la vida y el libro, gracias al meticuloso relato de Ann Jefferson. Nos enteramos de los riesgos que asume (al ir por su cuenta para declararse judía con su padre), así como su marido, que se encuentra internado en Drancy durante varios meses. Los diversos refugios que encontró durante la guerra, en Janvry, Parmain, en París, demostraron en un momento u otro riesgoso y ella debe cambiar ya que el miedo justificado a la denuncia es concreto.

"A través de su experiencia familiar, su condición de emigrante rusa, su registro como mujer, la privación del derecho al voto y su invisibilidad en el mundo editorial parisino, Nathalie sabía muy bien lo que significaba ser un "cuerpo extranjero". Las ordenanzas antisemitas consagraron este estatus en la ley. »

Nathalie Sarraute circa 1960, de Giséle Freund © Bibliotecas de París

Posteriormente, el desarrollo de su obra literaria -en 1939, había publicado sólo Tropismes- exploraría esta idea de un "cuerpo extranjero" implacablemente y en todos los sentidos. Atento a las más mínimas sacudidas de la vida interior, a todo lo que preocupe o duela, a las repercusiones más subterráneas de un acontecimiento de lenguaje o a veces de actitud mínima, pero con numerosas consecuencias, abrirá la escritura a terrenos inexplorados.

Ella se reúne con Sartre (brevemente conocido en el episodio de la Resistencia) después de la guerra y él prefacea A Retrato de un Extraño. La disputa con Beauvoir surgió rápidamente, que Los mandarines por un lado y El Planetario por el otro llevan el rastro, en los retratos transparentes y bastante poco generosos que hacen el uno del otro. Fue a partir de la publicación de esta novela, la segunda a Gallimard, en 1959, que Sarraute comenzó a ganarse una reputación como escritora, en Francia y en el extranjero (recibió el Premio Internacional de Editores en 1964 por The Golden Fruits, después de Beckett, Borges, Uwe Johnson y Emilio Carlo Gadda).

La biografía de Ann Jefferson está atenta a la variedad de formas exploradas por Nathalie Sarraute para experimentar los movimientos del lenguaje en la interioridad, las múltiples formas en que las palabras viven y cómo pueden doler. Es una obra exigente, pero, si te sumerges en ella, tiene un poder de revelación de lo inadvitivo capaz de afectar a todos.

El traslado al teatro, mientras era forzado por esta forma a mover el interior hacia afuera, le dio un público que no tenía antes. Gracias al trabajo con Claude Régy,entre otros, pero también con Jacques Lassalle o con Simone Benmussa, ha experimentado esta externalización de las voces de interioridad sin dejar de innovar.

Leyendo sus antecedentes, obviamente lamentamos esta vez cuando la novedad literaria se consideraba accesible para todos. ¡Y sin duda lo era! Lamentamos un momento en que un director de radio pudiera decirle a un autor, como Werner Spies le dijo a Nathalie Sarraute: "Hazlo tan moderno y difícil como quieras. No nos importa - al contrario! ».

La biografía de Ann Jefferson también está bien documentada sobre las amistades de Nathalie Sarraute, a menudo tormentosa dado el temperamento angustiado del autrice cuya necesidad de comodidad y reconocimiento parece imposible de satisfacer. Es interesante encontrarla en compañía de mujeres, Mary McCarthy, Hannah Arendt, Monique Wittig, Christine Brooke-Rose, Francoise d'Eaubonne, Marguerite Duras, por no hablar de amigos de toda la vida, Assia Minor, Lena Liber, Nadia du Bouchet, Maria Jolas...

Lo vemos evolucionando en un universo femenino muy poco representado generalmente en la historia literaria e intelectual del XXE siglo y que da cuerpo a su propio compromiso feminista. Si el biógrafo es a veces un poco silencioso en el campo literario parisino (deja poco espacio para la recepción de la obra en Francia y nos sorprende en particular por la casi ausencia de Maurice Nadeau, pero tan importante para darlo a conocer), ella compensa más que este silencio relativo por la palabra dada a las voces menores, los de las mujeres, los de los exiliados políticos griegos en París en 1945, por ejemplo, o los de los muchos emigrantes rusos, en Francia o Estados Unidos.

Nathalie Sarraute, que murió en 1999, vivió un siglo, y también representa este siglo, en su indignidad y persecución (que sufrió sin hablar a menudo porque no había sufrido tanto como otros), sino también en los poderes del exilio y todas las figuras de la deterritorialización. Escuchemos a estos cuerpos extranjeros en el idioma y recordemos de su obra la llamada que hace a lo desconocido en formas que permanecen, veinte años después de su muerte, vivaz y nueva.

Fuente del texto: attendant 

¡Gracias por leerme!

Michée Chauderon, la última bruja de Ginebra.

Michée Chauderon, ahorcada y quemada en 1652, fue la última víctima de la caza de brujas emprendida en Ginebra por la inquisición protestante. 


El día 6 de abril de 1652 amanecía en Ginebra gris como una premonición, sucio y desafinado, como condenado a la extinción incluso antes de manifestarse. Aquel martes de primavera, a punto de comenzar el espectáculo, la muchedumbre se hacinaba frente a una hoguera venenosa que crecía como el crepúsculo. 

Entre las llamas, se consumía un cadáver femenino. La habían ahorcado poco antes, en público. Alabarderos armados hasta los dientes contenían a la turba atizada por el fuego y la humillación ajena, devorando hollín y morbo. La víctima: Michée Chauderon, lavandera, católica y analfabeta, natural de Saboya y ciudadana ginebrina desde 1623.

La horda brama de entusiasmo cuando el verdugo lanza al aire las cenizas de la condenada. El viento primaveral barre el polvo, casi ya impalpable, sobre la nada. Se cumple así el veredicto del Tribunal de la Inquisición y del Éxodo: “No dejarás que viva una bruja”.

Cuando el Papa levanta la veda.


La histeria colectiva contra la brujería se había desatado dos siglos antes, cuando el papa Inocencio VIII concede a Heinrich Kramer —también conocido como Heinrich Institoris— y Jacob Sprenger una bula para investigar los delitos de brujería. Los dos monjes dominicos se apresuran a redactar el Malleus Maleficarum (Martillo de las brujas. Para golpear a las brujas y sus herejías con poderosa maza), un tratado perverso dirigido a desenmascarar y destruir a quienes pactaban con el diablo y extendían la herejía entre la cristiandad.

La compilación inquisitorial define la brujería como delito, justifica su existencia, explica por qué generalmente las autoras son mujeres y establece el procedimiento para su persecución.

El texto quedó listo en 1486. A partir de ese momento, el norte de Europa se convirtió en un páramo terrorífico de ignorancia y supersticiones, donde trapacear alegremente con la venganza, el chantaje y la delación. Una vez abierta la veda, la cacería es atroz. Son las féminas, por su naturaleza defectuosa — el mal necesario, la tentación natural, la calamidad deseable, el peligro doméstico, el perjuicio delectable, el mal de la naturaleza pintado con buen color—, las principales sospechosas de colaborar con el diablo.

La brujería y la venganza al servicio de la envidia y el poder.


Michée Chauderon tenía cincuenta años cuando fue detenida por los inquisidores de Sacro Imperio Romano Germánico. Ya estaba desde 1639 en el punto de mira de los guardianes de la moral medieval por una supuesta relación extraconyugal y el embarazo correspondiente. Condenada al destierro, regresó a la ciudad tras casarse con su cómplice en el “delito de obscenidad”. Recompone su vida, su trabajo, su actividad social. Además, practica la medicina natural con bastante éxito y goza de muy buena reputación como curandera.

Su conocida “sopa blanca” —hecha a base de harina, sal gorda, pan, frijoles y plantas medicinales— alcanza extraordinaria celebridad por sus propiedades terapéuticas y nutritivas. Pese a ello, Michée Chauderon no es muy amiga de ejercer estas actividades. Lejos de jactarse de sus habilidades sanadoras, rechaza en más de una ocasión ciertas peticiones. Fue lo que sucedió con Pernette Guillermet.

El origen de la venganza de la adolescente —una niña bien, despechada por constantes desencuentros con la sirviente de su madre— fue la negativa de Chauderon a servirle de chamán. Seguramente celosa del poder de sanación de la lavandera, y en connivencia con otras siete mujeres, decide librarse de ella, acusándola de prácticas satánicas. El hecho de que fuese previamente denunciada por estas mismas personas por robar un candelabro, confirma esta hipótesis, como explica el historiador Michel Porret.

Extranjera, viuda, inculta, católica y sin familia.


Sabemos que Chauderon se casó en el exilio con el padre su futuro hijo. Como era habitual en la época, el embarazo no llegó término. El feto murió y poco después del regreso a Ginebra, también el marido, víctima de unas extrañas fiebres. Total que la mujercita se queda sola y no vuelve a casarse. Pero lejos de echarse a perder, la viuda se desenvuelve perfectamente pese a su ignorancia, la lacra de sobrevivir a su compañero y las diferencias religiosas. No fue suficiente para pasar desapercibida.

Un mes antes de la ejecución, las ocho denunciantes hacen correr el rumor de que Michée Chauderon estaba marcada por el diablo. Los inquisidores no pierden un segundo: la detienen sin contemplaciones y, una vez presa, se esmeran en aplicar al dedillo el procedimiento diseñado por Kramer y Sprenger. Como era de esperar, la tortura y la humillación surten el efecto previsto. La pobre desgraciada confiesa finalmente que una vez entrevió la sombra de Satán y se entregó a él.

¿Cuándo fue? No lo recuerda bien. Hará un par de años. Ella volvía de trabajar cuando sintió una especie de brisa. Olía a campo y a tierra recién cavada, a agua de lluvia, a estío. Envuelta en esa especie de aura llena de silencio, la infeliz no se dio cuenta de la hecatombe, de la promesa de aniquilación que le llegaba en forma de vaho ardiente. A partir de ese momento, sólo le vio a él, a ese íncubo monstruoso que le regaló el mal envuelto en el polvo de una manzana.

Michel Porret y la sombra del diablo.


De esta truculenta historia e histeria brujeril da buena cuenta Michel Porret en su libro L’Ombre du diable. El historiador suizo tuvo acceso al expediente completo del proceso y ejecución de Michée Chauderon, que se conserva intacto en los Archivos del Estado de Ginebra. Una rara avis si se tiene en cuenta que la tradición inquisitorial conminaba tanto a la destrucción física de la bruja como a la de todo vestigio de su existencia.

En efecto, Porret investiga de manera minuciosa los diecisiete cuadernos que componen el archivo PC 3465 y que, en contra de la voluntad de sus jueces, no sucumbe al fuego purificador. Al contrario, no ha habido bruja en Europa de la que haya hablado tanto como de Michée Chauderon, asegura Porret. ¿La razón? El momento bisagra en el que tuvo lugar el despropósito. Veinte años antes, hubiera sido banal; veinte después, inaceptable. Y es que entre los años 1650 y 1660 las hipótesis diabólicas fueron rechazadas de plano en una Europa más dispuesta a abrazar la luz que las tinieblas.

Fueron los protestantes liberales, contrarios a la rigidez del calvinismo, los principales instigadores de la denuncia del caso Chauderon como una negación de la tolerancia y de la imagen de la Ginebra moderna que se pretendía proyectar ante el mundo. Voltaire acabó por convertir el affaire en una muestra flagrante de fanatismo religioso. A la condenada en una mártir a la altura de Miguel Servet.

Fuente del texto: dialogosdelibro 

¡Gracias por leerme!

jueves, 21 de noviembre de 2019

Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana - 1789 Olympe de Gouges



Redactada en 1789 por Olympe de Gouges para ser decretada por la Asamblea Nacional Francesa
PREÁMBULO
Las madres, hijas, hermanas, representantes de la nación, piden que se las constituya en asamblea nacional. Por considerar que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de 105 gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados de la mujer a fin de que esta declaración, constantemente presente para todos los miembros del cuerpo social les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes, a fin de que los actos del poder de las mujeres y los del poder de los hombres puedan ser, en todo instante, comparados con el objetivo de toda institución política y sean más respetados por ella, a fin de que las reclamaciones de las ciudadanas, fundadas a partir de ahora en principios simples e indiscutibles, se dirijan siempre al mantenimiento de la constitución, de las buenas costumbres y de la felicidad de todos.
En consecuencia, el sexo superior tanto en belleza como en coraje, en los sufrimientos maternos, reconoce y declara, en presencia y bajo 105 auspicios del Ser supremo, los Derechos siguientes de la Mujer y de la Ciudadana.

ARTÍCULO PRIMERO
La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos, Las distinciones sociales sólo pueden estar fundadas en la utilidad común.
ARTÍCULO SEGUNDO
El objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre; estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión.
ARTÍCULO TERCERO
El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación que no es más que la reunión de la Mujer y el Hombre: ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane de ellos.
ARTÍCULO CUARTO
La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que pertenece a los otros; así, el ejercicio de los derechos naturales de la mujer sólo tiene por límites la tiranía perpetua que el hombre le opone; estos límites deben ser corregidos por las leyes de la naturaleza y de la razón.
ARTÍCULO QUINTO
Las leyes de la naturaleza y de la razón prohiben todas las acciones perjudiciales para la Sociedad: todo lo que no esté prohibido por estas leyes, prudentes y divinas, no puede ser impedido y nadie puede ser obligado a hacer lo que ellas no ordenan.
ARTÍCULO SEXTO
La ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y Ciudadanos deben participar en su formación personalmente o por medio de sus representantes. Debe ser la misma para todos; todas las ciudadanas y todos los ciudadanos, por ser iguales a sus ojos, deben ser igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades y sin más distinción que la de sus virtudes y sus talentos.
ARTÍCULO SÉPTIMO
Ninguna mujer se halla eximida de ser acusada, detenida y encarcelada en los casos determinados por la Ley. Las mujeres obedecen como los hombres a esta Ley rigurosa.
ARTÍCULO OCTAVO
La Ley sólo debe establecer penas estricta y evidentemente necesarias y nadie puede ser castigado más que en virtud de una Ley establecida y promulgada anteriormente al delito y legalmente aplicada a las mujeres.
ARTÍCULO NOVENO
Sobre toda mujer que haya sido declarada culpable caerá todo el rigor de la Ley.
ARTÍCULO DÉCIMO
Nadie debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; la mujer tiene el derecho de subir al cadalso; debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna con tal que sus manifestaciones no alteren el orden público establecido por la Ley.
ARTÍCULO DECIMOPRIMERO
La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos de la mujer, puesto que esta libertad asegura la legitimidad de los padres con relación a los hijos. Toda ciudadana puede, pues, decir libremente, soy madre de un hijo que os pertenece sin que un prejuicio bárbaro la fuerce a disimular la verdad; con la salvedad de responder por el abuso de esta libertad en los casos determinados por la Ley.
ARTÍCULO DECIMOSEGUNDO
La garantía de los derechos de la mujer y de la ciudadana implica una utilidad mayor; esta garantía debe ser instituida para ventaja de todos y no para utilidad particular de aquellas a quienes es confiada.
ARTÍCULO DECIMOTERCERO
Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración, las contribuciones de la mujer y del hombre son las mismas; ella participa en todas las prestaciones personales, en todas las tareas penosas, por lo tanto, debe participar en la distribución de los puestos, empleos, cargos, dignidades y otras actividades.
ARTÍCULO DECIMOCUARTO
Las Ciudadanas y Ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o por medio de sus representantes, la necesidad de la contribución pública. Las Ciudadanas únicamente pueden aprobarla si se admite un reparto igual, no sólo en la fortuna sino también en la administración pública, y si determinan la cuota, la base tributaria, la recaudación y la duración del impuesto.
ARTÍCULO DECIMOQUINTO
La masa de las mujeres, agrupada con la de los hombres para la contribución, tiene el derecho de pedir cuentas de su administración a todo agente público.
ARTÍCULO DECIMOSEXTO
Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene constitución; la constitución es nula si la mayoría de los individuos que componen la Nación no ha cooperado en su redacción.
ARTÍCULO DECIMOSÉPTIMO
Las propiedades pertenecen a todos los sexos reunidos o separados; son, para cada uno, un derecho inviolable y sagrado; nadie puede ser privado de ella como verdadero patrimonio de la naturaleza a no ser que la necesidad pública, legalmente constatada, lo exija de manera evidente y bajo la condición de una justa y previa indemnización.
EPÍLOGO
Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El potente imperio de la naturaleza ha dejado de estar rodeado de prejuicios, fanatismo, superstición y mentiras. La antorcha de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y la usurpación. El hombre esclavo ha redoblado sus fuerzas y ha necesitado apelar a las tuyas para romper sus cadenas.

Pero una vez en libertad, ha sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuando dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más visible. [...] Cualesquiera sean los obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os basta con desearlo.
[+ Información - mujeresenred

¡Gracias por leerme!